No pretendo ser el más veloz,ni el más técnico. Sin cuentakilómetros. Únicamente disfrutar de mi bicicleta,los lugares recorridos y poder mostrarlo al mundo.
Dos Pedales: rutas largas por la naturaleza y la historia. Rutas por la Comunidad Valenciana y Galicia (España), también Baden Württemberg y Bayern (Alemania)...

10/6/15

Corazón peregrino y viajero: Marrakech parte uno: Contrastes

Por: Ivy Silva
29 grados en Madrid. En todos los periódicos y telediarios ya se comentaba la elevada temperatura para esta época del año: Otro fenómeno atmosférico provocado por alguna otra alteración climática, que seguramente es otra consecuencia del mal trato que nosotros, los seres humanos, hemos causado al Planeta Tierra.   Después de nuestro regreso de Marrakech, tengo la intención de quejarme menos de las altas temperaturas; tengo la intención de cambiar en todo lo que pueda, en toda forma de egoísmo, hipocresía y anestesia social que ha habitado mi ser todos estos años…

CONTRASTES

“Contrastes” es la palabra que me viene a la cabeza después de recorrer las calles, parques, palacios, callejones y hoteles de lujo (no, hotel de gran lujo, de extremo e inimaginable lujo…) de la misteriosa Marrakech…

La llegada a la medina ha sido para quitar el aire: 

Después de esperar más de cuarenta minutos en una interminable fila para la inmigración en el aeropuerto Marrakech – Menara, salimos en busca de nuestro transfer al hotel. 

Todo iba perfecto hasta que en el camino el chofer entró por una calle oscura, con muchos coches parados, mal aparcados, semi desmontados, un poco siniestro porque no sabíamos si aquel lugar era un aparcamiento o un desguace…

Unos dos o tres minutos pasaron donde, obviamente Turi y yo cruzamos alguna que otra mirada interrogativa… Turi preguntó al chofer sí íbamos a cambiar de coche, y él dijo que no. Para nuestra alegría, vimos a nuestro lado un chico, de unos veinte y pocos años esperándonos al lado de la puerta de la muralla de la medina: Era Muhamed, el responsable del “riad”, nuestra “casa” donde estaríamos hospedados por toda una semana. Cuando pasamos por la puerta Bab Kssiba, siguiendo al apresurado Muhamed por los tortuosos callejones polvorientos por los ciclomotores que pasaban a nuestro lado incansablemente sobre las 12:00 de la noche y siendo observados discretamente por transeúntes que, sin prisa, pasaban por allí, confieso que en aquel momento, pensé seriamente que los 7 días que vendrían por delante serian duros, demasiado duros para mí…

Llegamos al riad y la sorpresa fue inmensa: Una casa típicamente marroquí nos daba la bienvenida con sus alfombras por las paredes y suelo, su mobiliario antiguo conservado con esmero, objetos de uso cotidiano que en un pasado lejano ornamentaban las estanterías de madera oscura. Paredes de mosaicos multicolores alegraban los ojos a cada paso que dábamos por la estancia…. Cristaleras, mesas, sillas, la fuente en el centro del patio interno, la escalera blanca que nos conducía a nuestra habitación; los cuadros con cenas del cotidiano, la terraza que invitaba a mirar Marrakech desde el alto, los cojines multicolores, la jaima, los faroles, las flores… todo y cada detalle me remitía a las mil y una noches, aunque no estuviéramos en Arabia…

Al día siguiente, desayunamos fuerte, al lado de la fuente con productos frescos y sabor marroquí. Después ya estábamos preparados para nuestro primer día de aventura por aquella intrigante ciudad… Y día a día los contrastes se presentaban delante de mis ojos, no solo por su manera de vestir, sino también por la cantidad de gente que se ve por las calles y puestos vendiendo artículos muy parecidos unos con los otros y la tranquilidad que parecen tener aquellos que no venden nada en todo el día… El transito llama la atención: En una misma calle del centro, como si de una lucha libre se tratara, se desafiaban mutuamente centenas de taxis, carruajes, coches, autobuses, ciclomotores, vendedores con sus productos en carritos de madera… Orden en el transito es algo desconocido por allí, en un paso de cebra el riesgo de ser arrollado por unos de esos vehículos es altísimo, tensión segura a cada cruce de camino.

Desde, la desértica y calurosa Avenida Yacoub Al Mansour desemboca la Rue Yves Saint Laurent (sí, él mismo) donde entramos en el Jardín Majorelle un parque (mejor sería llamarlo un oasis) dentro del barrio Assif. Impresionante contraste de colores vivos como el famoso “azul Tuareg”, naranja, amarillo en los tiestos y pilares de las construcciones, con el frondoso bosque verde con muchas especies de plantas exóticas de varias partes del mundo; palmeras, cactus, arboles floridos, etc… Los caminos entre la vegetación son rojos; no un rojo común: Un rojo vivo, intenso y brillante que nos conduce a los cuatro cantos de este precioso lugar, un capricho adquirido por el diseñador francés Yves de Saint Laurent que compró ese parque en 1980 y allí monto su estudio y donde, hoy en día, esta el museo del arte islámico y el memorial con las cenizas de Yves (deseo del proprio diseñador). 

Jardin Majorelle.
  El contraste más impactante, más intrigante para mí, lo he notado cuando hemos salido del Los Jardines de la Menara (Que es un inmenso olivar, en la dirección del aeropuerto, al lado oeste de la ciudad. Un parque donde, por lo visto, quien más disfruta son los propios ciudadanos de allí). Los Jardines de la Menara fueron construidos en el siglo XII por el califa Almohade Abd al-Mumin, en las puertas del Monte Atlas. El nombre de Menara viene de la pequeña pirámide verde (menzeh) del tejado del pabellón. Este pabellón se construyó durante la dinastía Saadi en el siglo XVI y fue renovado en 1869 por el sultán Abd ar-Rahman ibn Hicham, quien se hospedaba allí durante el verano. El pabellón y el lago artificial están rodeados de huertos y campos de olivos. La intención de la construcción de este lago fue regar los jardines y huertos usando un sofisticado sistema de canales subterráneos llamados qanat.. El lago recibe agua gracias a un antiguo sistema hidráulico que la transporta desde las montañas, situadas a 30 kilómetros aproximadamente. ¡Es impresionante la solana que hay allí! He tenido la sensación que era el lugar más cálido del Universo después del sol… Pero, los habitantes de Marrakech pasean gustosamente por las sombras del olivar durante toda la semana para, buscar algo del frescor que debe de venir del agua, (yo confieso que no lo he sentido, pero, consta que allí ellos buscan ese frescor…).

Jardines de La Menara.
  Bueno, vuelvo ahora a mi sensación de “contraste más impactante”: Cuando hemos salido de Los Jardines de la Menara, hemos ido en taxi hasta el Hotel La Mamounia, Avenue Prince Moulay Rachid. Contraste es una palabra que no llega a la altura del espanto que sentí cuando llegamos a sus puertas: Uno de los dos agentes de seguridad que, estaban en la entrada del hotel, se quedaron con la mochila que llevaba Turi y la guardaron en consigna. Por suerte, llevábamos pantalones largos, en caso contrario no podríamos haber entrado, eran las normas internas. Dos porteros con túnicas blancas y turbantes típicos de allí nos abrieron, sonrientes, las enormes puertas adornadas con el más puro estilo marroquí.

Por cierto, hay que comentar que más de 1000 artesanos han trabajado en la restauración del Hotel La Mamounia … Los pintores y ebanistas de mayor talento de la ciudad han sido elegidos por el diseñador francés Jacques García para devolver al hotel toda su gloria, como en los tiempos de su inauguración en el año de 1923.

Los artesanos colocaron millones de azulejos cortados a mano, construyeron paredes con marquetería de madera, tallaron diseños refinados en las columnas de yeso y forjaron cientos de linternas a mano… Muchísimos funcionarios, mobiliario de alto lujo, cortinas con telas impresionantes, piscinas, áreas deportivas, “lounge-bar”, jardines inmensos absolutamente bien cuidados, huertos, fuentes, etc… Y gracias a todos los artesanos que trabajaron en él durante más de tres años, el hotel es un ejemplo inigualable de un estilo marroquí completo. En otras palabras es una obra de arte donde nos podemos alojar. 

Hotel La Mamounia.
 Confieso que me sentí pequeña e insignificante en medio de tanto lujo, pero la vida tiene que ser vivida y tenemos el deber de conocer todo, grande o pequeño, que se presente delante de nuestros ojos en los viajes que emprendemos.

Como saliendo de un cuento de las Mil y una Noches, nuestra vida sencilla y cotidiana seguía el ritmo que habíamos programado: visitar los sitios de interés, callejear y hacer fotos y disfrutar de la terraza de nuestro riad. Y así se pasaban los días: observando la gente por la calle, visitando palacios, cafés, jardines… ¡y los zocos! Los zocos que son una explosión de colores, texturas, olores y toda clase de productos que os contaré… ¡En mi próximo texto!

Hasta pronto.

Ivy Silva


2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias a ti por leelo y comentarlo, es muy importante para mi saber la opinión de los lectores. Feliz día.

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Agradezco tus comentarios