No pretendo ser el más veloz,ni el más técnico. Sin cuentakilómetros. Únicamente disfrutar de mi bicicleta,los lugares recorridos y poder mostrarlo al mundo.
Dos Pedales: rutas largas por la naturaleza y la historia. Rutas por la Comunidad Valenciana y Galicia (España), también Baden Württemberg y Bayern (Alemania)...

15/12/14

Corazón peregrino: Asís


Antes de nada, necesito decir que no ha cambiado mi corazón, ni mi alma, ni mi espíritu peregrino. Lo que me pasa es que tengo aquí, dentro de todo mi ser, una emoción que necesito transcribir, necesito soltarla antes de que ella pierda su esencia…



Por: Ivy Silva
                Roma, 17 de Noviembre (07:00 a.m.)
El desayuno solitario en el comedor del hotel me producía una sensación de inmenso vacío. En la habitación se habían quedado mi marido y mi hijo; mientras cerraba la puerta pude oír una frase que decía: “No te olvides de nosotros. Te Amamos…”
El cereal que intentaba comer parecía más duro de lo normal y el queso, que todos los días me había parecido divino, en aquel momento me sabía agrio. No me sentía muy bien, no me sentía cómoda. Me daba la sensación de que estaba abandonando a mi familia por un capricho tonto. Tenía los billetes del tren a mi lado, los miraba con ganas y a la vez con dudas… 
Por una fracción de segundo me acordé de la promesa que había hecho años atrás y supe que toda aquella situación de incomodidad era miedo; miedo interior, de lo desconocido, otra vez el miedo a lo nuevo. Decidí no terminar el desayuno y empecé, de una vez por todas, a enfrentar mi nuevo camino.
La mañana era fría y llovía a ratos. El cielo estaba gris y las personas andaban por las calles con la cabeza baja abrigados con sombreros y bufandas. Caminé hasta la estación Termini y llegué allí a las 7:25 a.m., busqué en la pantalla el tren que me llevaría a mi destino: Perugia.
 Éste era el tren, en el valle de Umbria bajaría en mi estación. Aún no aparecía el número del andén pero indicaba EST, o sea, el tren ya estaba en la estación. Un poco nerviosa y ansiosa, decidí caminar para distraerme, pero era muy temprano y las tiendas estaban cerradas. Miraba a cada momento hacia la pantalla y nada cambiaba. Mi billete marcaba el horario de salida: 7:58. Miré otra vez al reloj y otra vez en la pantalla, aún no aparecía el número del andén… ¿Que pasaba? A las 7:50, totalmente inquieta, fui hasta la taquilla y pregunté qué pasaba con aquel tren y el funcionario, en un italiano demasiado formal y demasiado tranquilo me contestó: “El tren está en la estación hace ya veinte minutos está en el andén EST, partirá en ocho minutos.”
Las últimas palabras casi no las escuché, salí corriendo preguntándome ¿Qué clase de andén era aquel? ¿Por qué aquel andén no tenía un número como todos los otros 40 andenes que había visto en la pantalla? ¿Cómo podía estar pasando aquello conmigo? ¡Yo que estaba esperando el bendito tren hacía ya 20 minutos! Corría como una alucinada por los pasillos interminables de la enorme estación y corriendo descubría por los carteles que “mi andén” era el más remoto que existía en todo aquel lugar, corría mientras mis nervios y el desespero escurrían por mi rostro en forma de lágrimas mientras mis ojos captaban el bulto verde oscuro que se movía despacio… corrí, corrí todo cuanto pude y a cada paso que daba, el tren, mi tren, se alejaba un poco más… Lloré. Lloré con un sentimiento de impotencia, cansancio y culpa y decía para quien quisiera escuchar: ¿Por qué, por qué Dios mío?… ¿Por qué?
Tuve que cambiar el billete y esperar, esperar mucho. Esperar cansa. Decidí caminar. Salí de la estación con un sabor amargo en la boca. Sabía que había sido un error mío, no sabía distinguir si había sido ignorancia, o falta de atención; tenía rabia. Caminé bajo la lluvia y me metí en las Termas de Diocleciano, más precisamente en la Basílica de Santa María de los Ángeles. Allí hacía más frio que en la calle. Me sentí pequeña e insignificante al lado de aquellas columnas de mármol y granito, un lugar magnifico que me invitaba a sentarme, me sentía más tranquila y miraba todos los detalles que mis ojos podían captar, me levanté, caminé por el claustro escuchando mis propios pasos, intentando imaginar dos mil años antes, aquel lugar lleno de personas hablando y relajándose entre baños y vapores… Pasado un largo tiempo me puse a caminar de vuelta a la estación. 
Deseaba estar más tiempo en las termas pero tenía miedo de distraerme y cometer otro error. Cuando llegó mi tren, entré ensimismada, la verdad, no estaba segura si llegaría a alguna parte. El tren se movía. Las horas pasaban, los paisajes cambiaban, los túneles parecían, en algunos momentos, demasiado oscuros, mis pensamientos cambiaban como un organizador de ficheros… las horas pasaban y mi ansiedad aumentaba: ¿Dónde estaría la colina? ¿Cómo sería la ciudad?
Después de casi 3 horas de viaje, la voz metálica de los altavoces anunciaba: “Asís”. 
Foto: Ivy Silva.
Salí del tren y sentí que hacía aún más frio que en Roma. Distraída con los detalles de la estación (había pinturas en el suelo y frases hablando de San Francesco), un paisaje bucólico alrededor; empecé a buscar una manera de llegar a la ciudad en la cima de la colina y, una vez más, mi falta de experiencia me golpeó cuando vi que el autobús que lleva los viajeros a la ciudad se marchaba. Mi distracción, otra vez más, me haría pagar otra multa… ¿Cómo llegaría al alto de la colina? Miré al cielo gris y dije sin ganas de seguir adelante: “¿Por qué es todo tan difícil? ¿Acaso no quieres que llegue a Tú casa? ”
Pensé en quedarme para esperar otro autobús pero desistí porque me dijeron que tardaría mucho. Miré de nuevo al cielo y lo que vía era un color más oscuro aún. Pensé en volver a Roma, volver al hotel y pasar el resto del día, en la cama, con mi familia: calentitos y abrigados del frío… Pero noté que algo dentro de mi cabeza intentaba hacerse oír… Me quedé pensando que era aquello, me quedé parada esperando no sabía el que:
A pie peregrina… A pie…”
Entonces con lágrimas en los ojos por haber entendido el mensaje y paraguas en la mano, empecé mi “pequeño peregrinaje” a Asís.
El viento casi tomaba cuerpo, la lluvia aumentaba y el frío parecía querer llevarse mi alma. Caminaba despacio, con dudas por no saber si había tomado la decisión correcta, miraba hacia tras, empapada y recelosa. La lluvia parecía querer demostrar su fuerza o testar la mía, empecé a sonreír, aunque las lágrimas seguían brotando en mis ojos; todo ya me parecía tan difícil que decidí enfrentar todos los obstáculos que intentaban interponerse en mi camino y lo que salía de mis ojos ya no representaba tristeza ni melancolía: ¡Eran de euforia e ilusión! Sabía que era una prueba más en mi vida, sabía que necesitaba pasar por otra lección y allí estaba yo.
Encontré una fuente en el sendero, amarillo por las hojas de otoño y debajo de la lluvia lavé mi rostro ya mojado, pero en aquel momento me sentía más limpia; limpia del dolor que cargaba hacía horas. Lavé mi rostro, bebí del agua y empecé a cantar, no una canción cualquiera, cantaba una canción que para mí siempre había sido muy especial: “…yo casi me olvidé, que Tu amor me cuida…” decía la estrofa. Y así seguí mi camino. Entré en la ciudad, en lo alto de la colina por una escalera gris, cantaba casi en éxtasis, encantada, feliz…
Había llegado. Miraba el valle, casi invisible por la cortina de lluvia que caía, y me sentía emocionada por estar allí, caminé hasta la basílica de San Francesco y me senté en un banco mirando los frescos de las paredes y techo: Allí estaba yo, nuevamente en otra ciudad, en otro país, nuevamente sola. Pero no era una soledad como la que vivía años atrás, sentía que aquella soledad era una manera de tomar conciencia, de poder agradecer por tener lo que tengo hoy, por haber formado una familia maravillosa, por saber que ahora todo en mi vida tenía sentido, daba las gracias por todo, sentía que era el momento exacto de quitar las amarras que aún intentaban atarme en pensamientos que no me llevaban a nada. Sabía que no era una peregrinación: Había sido un viaje duro, con mucha dificultad, sin embargo, en aquel momento, me daba cuenta de que era algo nuevo, grande, emocionante y conmovedor…
Salí de la basílica y vi la escultura de “San Francesco volviendo a casa” y me acordé de la frase: “No te olvides de nosotros. Te amamos.” Y pensé con una sonrisa: “¿Cómo olvidar que tengo dos personas que han nacido en mi vida gracias a otra mágica aventura que he vivido en el Camino de Santiago?”
Sintiéndome tranquila, amada y realizada, miré la Basílica, la ciudad y el valle: Di las gracias por haber estado allí, por una vez más haber oído el llamado de mí corazón y con el alma limpia y sintiendo alegría de vivir decidí que era la hora de volver a la estación, coger el tren y volver a Roma, junto a mi familia. Cuando llegué de vuelta a la escalera gris, miré una última vez para tras y dije entre una sonrisa:
Volveré.”



2 comentarios:

  1. Uf..que decir....corrí contigo detrás ese trén, gracias Ivy de haber compartido este día tan intenso..has realizado tu sueño, ir a Asís..tumparaa en la Baslica Santa Maria de los Ángeles..fu como para mi...pues es mi patrona:-) :-) , estoy contentisima que lo hayas hecho.

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  2. Hola Ivy... acaso olvidaste que en mi País siempre hay que tener muchisima suerte cuando empiezes un viaje especialmente con tren? -:))))

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Agradezco tus comentarios