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10/4/14

Corazón peregrino: Jamás te diré adiós

 Ivy no nos deja indiferentes con sus vivencias y reflexiones sobre el Camino de Santiago.




                               Jamás te diré adiós

Por: Ivy Silva
Aquel día que llegué a Santiago de Compostela después de tener la certeza de que me había encontrado con mi ángel en el Camino Portugués, estaba pasando por momentos de completo “letargo emocional”; caminaba por las estrechas calles del casco antiguo buscando desesperadamente alguna respuesta para mis preguntas; caminaba por aquella ciudad antigua y gris que insistía en mojarme con su lluvia infinita… 

Me sentía sola, la más sola de entre todas las personas que se sentían solas en el mundo; la Obradoiro se me hacía más grande de lo que realmente era, la catedral era la más alta e imponente que mis ojos habían imaginado y la soledad me tragaba hasta el más profundo rincón de mi alma. Mis pies me llevaban despacio hacia la escalera de piedras seculares, donde cada escalón me decía cosas que yo no era capaz de traducir. 

Ya dentro de la catedral el eco de mis pasos desvelaba luces y sombras escondidas no solo por detrás de las columnas, sino también dentro de mi alma. El abrazo al Apóstol fue fuerte, amargo y mojado por mis lágrimas: Era la hora de volver a casa.

Las 10 o 12 horas de viaje no pudierón calmar mi espíritu. Ninguna película o revista me entretenía. Algo se movía en mi cabeza y una inquietud dilaceraba mi paz. “¿Que pasa conmigo?” me preguntaba. Cuando el avión aterrizó me sentí como despertando de un sueño; todo parecía tan lejano que ya imaginaba que mi viaje había sido fruto de mi imaginación. Al encontrarme con mi hermano, que me había ido buscar, lo primero que le dije fue: “¡Ha pasado algo increíble en el Camino, creo que he encontrado a mi ángel!”

Poco a poco mi vida volvió a la normalidad de siempre: En tres días ya estaba recolocada en la misma empresa que yo trabajaba y además había buscado otro trabajo para ayudarme en mi proyecto: Volver al Camino. Fueron meses de trabajo frenético, juntando cada céntimo ganado. Estaba decidida a encontrar la solución a mi inquietud.

Cinco meses después de haber llegado a São Paulo, estaba yo, de nuevo, en el aeropuerto partiendo en busca de mi camino. Todo pasó muy rápido; llegué a Lisboa, encontré un trabajo digno con una familia estupenda y en mis vacaciones de Pascua me fui al Camino de Santiago, donde encontré a Turi (hoy mi marido y padre de Yago, nuestro tesoro, que tiene 4 años). Describo aquí de modo fragmentado, pero no hay duda, que mi primera peregrinación a Compostela fue una especie de preparación para entender los cambios que ocurrirían en mi vida a la que yo no hubiera tenido acceso sin transformarme previamente en peregrina; porque en el Camino hay que estar atentos a cada letra del mensaje que él nos transmite: Es un mensaje que esclarece nuestra propia identidad.

Siempre he hablado a mi marido con nostalgia del día en que me encontré con don Isidro, mi ángel del Camino, era una imagen tan bella y tan acogedora que jamás he podido olvidar y siempre decía que un día volvería a visitarlo… 

En 2013, estábamos veraneando en Vilanova de Arousa , en las Rías Baixas y para mi sorpresa, mi marido me dijo que sí, que me llevaría hasta donde yo quería ir: al pueblo de don Isidro. Rebusqué en mi memoria donde podría ser el lugar; preguntamos en una gasolinera y en un punto de la N505 llegamos a un bar al lado de la carretera. Ya eran las dos de la tarde y hacía mucho calor. Tímidamente entré y ya no sabía cómo preguntar por él… ya había pasado 6 años desde que encontré aquél señor en medio un campo de uvas…

 ¿Cómo abordar a la dueña del bar? Por más que pareciera una locura, allí estaba yo: Después de haber pasado por aquella localidad, cansada, sucia, mojada, estaba allí con mi marido y mi hijo, feliz, realizada, emocionada y llena de gratitud. Me llené de coraje y le conté mi historia, la mujer doña Evangelina (Lucha para los amigos) se quedó emocionada y me indicó donde vivía don Isidro, pero también me alertó de que la edad ya empezaba a pasarle factura y que casi no iba al huerto y muchas veces se quedaba sentado solo en un banco cerca de su casa. 

Mi corazón latía con fuerza, en mis pensamientos iba a llegar hasta él saludarle con una gran sonrisa, contarle como ha sido mi llegada a Santiago, hablar sobre mis dudas, sobre mis trabajos, sobre mi felicidad al regresar a Europa, como conocí mi marido y hablar de mi hijo, decirle que siempre he pensado en nuestro encuentro y todo lo que me ha transmitido y cambiado en mi vida… seguía por la estrecha calle de O Campo, y una y otra vez pregunté a alguna persona donde vivía él, para no cometer un equívoco. 

Llegando delante de su casa, mis manos temblaban de emoción, Turi me dijo que fuera sola, para tener mi tiempo, Yago me cogió de la mano, quería estar conmigo, para mí era un momento especial , era como si yo estuviera llevando a mi hijo para ver a mi abuelo, no podía contenerme de felicidad, unos pasos más y llamé a la puerta, me abrió un hombre de unos 50 y tantos años; me pareció raro, esperaba que don Isidro abriera la puerta, el hombre me miraba a mí y a Yago, mi pequeño se puso detrás de mí como avergonzado, el perro empezó a ladrar, y un silencio de dos segundos me pareció una eternidad, un poco descentrada intenté explicar al hombre mi historia como había hecho con doña Evangelina, en el bar y al contrario de la emoción que esta me demostró, el hombre giro la cabeza y llamó a alguien, no con brusquedad pero si con apatía y después de algunos minutos apareció en la puerta un señor muy mayor, que poco me recordaba aquel campesino de gran sonrisa y ojos brillantes… eran momentos de intenso desconcierto; no había magia, había un grupo de personas paradas esperando que alguien hablara. 

Empecé yo; y a cada frase que decía sentía en su mirada perdida que las palabras no llegaban a alcanzarle, le dediqué una sonrisa y él me respondió con casi un susurro: “No me acuerdo de ti.”

Quería haberle dado un abrazo, quería haber podido hacerle recordar, quería decirle que él era mi ángel… Me despedí de los dos hombres y a cada paso que daba en dirección al coche me alejaba de mi propio sueño. El silencio me acompaño hasta el pueblo de A Escravitude, atado con un nudo a mi garganta.

Mirando los bosques gallegos o por las calles de las ciudades, siempre voy a escuchar la risa y las frases animadas de don Isidro, con su gorra negra y su chaqueta sucia de tierra. No hay problema mi ángel del Camino, no hay problema que no te acuerdes de mí:

Yo seguiré siempre sintiendo el dulce aleteo de tus alas por el camino de mi vida…


Ivy Silva


1 comentario:

  1. Estoy segura que fué tu Angel..segura que El'Apostol te lo puso en tu camino..para date fuerza y confianza. Este texto, esta historia, me atraviesa el corazón, me habla profundamente y me emociona. Gracias Ivy.

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